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Psicología

En nuestro medio, estamos acostumbrados a enfrentar las enfermedades como un problema del cuerpo, donde la mejoría proviene del medio externo, es decir, de la medicina y, frente a la cual, somos personas pasivas que en poco o nada podemos contribuir para que el tratamiento sea efectivo.
La medicina moderna, de avanzada, considera las enfermedades como un problema de la persona total, donde están involucrados factores físicos, psicológicos, espirituales y ambientales.
Así en el tratamiento y la recuperación deberán considerarse todos estos factores y la persona enferma deberá participar activamente en estos procesos, con una autorresponsabilidad frente a la presentación y evolución de la enfermedad.


Por más creyente que sea una persona, por más que acepte la muerte como un bien, el instinto de conservación impele a la vida.
Funciona siempre y hasta £ltimo minuto.
Por eso, al acercarse el final, el ser humano siente una profunda angustia y quiere prolongar la vida por más deteriorado que esté. Algunos piden que los desconecten de las máquinas que los mantienen vivos, "porque no quiero saber más de nada", pero al sentir la muerte próxima, se arrepienten.
Esta programación vital es filogenética, viene con todos los seres humanos.
Por eso todos, en determinado momento, vamos a implorar un "­quiero vivir!", pero, en la medida en que se acepte el temor a lo desconocido, se aceptará en paz el final de la vida.



Las teleseries apasionan a los niños. Pensar otra cosa es negar que casi todos siguen sus historias y las consideran muy entretenidas.
Tampoco hay que creer que son observadores pasivos. Al contrario, se involucran activamente en la trama, procesan lo que ven, se identifican con los héroes y odian a los villanos.
Antes de los siete años comprenden lo esencial, sólo que muchas veces no tienen la capacidad verbal para explicarlo. A partir de esa edad pueden, por ejemplo, distinguir el argumento de fondo o por qué la pareja protagónica se ha separado.

“Cuando me enteré de la muerte de mi padre no imaginé cómo cambiaría mi vida. Fue una mañana de miércoles en pleno invierno cuando sonó el teléfono y la voz de uno de mis hermanos me dijo sin rodeos que papá había muerto en su auto. Mi primera reacción fue congelarme y mientras me vestía tuve una tremenda sensación de irrealidad, de que lo de mi padre no era verdad. Por un momento pensé que era una broma, un error o un sueño.


Tan sólo ayer habíamos hablado sobre nuestros planes para hacer un negocio que nos daría dinero y satisfacciones. Hoy, cuando ha pasado más de un año desde ese fatídico miércoles me siento aun tan desolado que no he sido capaz de hacer nada de lo que alguna vez me propuse”.

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