
Por más creyente que sea una persona, por más que acepte la muerte como un bien, el instinto de conservación impele a la vida.
Funciona siempre y hasta £ltimo minuto.
Por eso, al acercarse el final, el ser humano siente una profunda angustia y quiere prolongar la vida por más deteriorado que esté. Algunos piden que los desconecten de las máquinas que los mantienen vivos, "porque no quiero saber más de nada", pero al sentir la muerte próxima, se arrepienten.
Esta programación vital es filogenética, viene con todos los seres humanos.
Por eso todos, en determinado momento, vamos a implorar un "quiero vivir!", pero, en la medida en que se acepte el temor a lo desconocido, se aceptará en paz el final de la vida.