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Niños y telenovelas

Las teleseries apasionan a los niños. Pensar otra cosa es negar que casi todos siguen sus historias y las consideran muy entretenidas.
Tampoco hay que creer que son observadores pasivos. Al contrario, se involucran activamente en la trama, procesan lo que ven, se identifican con los héroes y odian a los villanos.
Antes de los siete años comprenden lo esencial, sólo que muchas veces no tienen la capacidad verbal para explicarlo. A partir de esa edad pueden, por ejemplo, distinguir el argumento de fondo o por qué la pareja protagónica se ha separado.
A los diez años son capaces de opinar sobre cuán buena o mala es la conducta de los personajes, aunque no siempre detrás de su análisis haya un argumento moral. Los más sagaces se dan cuenta de las consecuencias de los malos actos y apelan a los grandes principios universales para rechazar alguna actitud.
No hay duda de que la televisión deja huellas.
Desde luego, las investigaciones revelan que los niños que no tienen oportunidad de verla regularmente poseen niveles de creatividad más altos que aquellos que son telespectadores habituales.
También se ha llegado a la conclusión que influye en tres áreas: intereses, motivaciones y emociones de los más pequeños y que, justamente, las telenovelas son las que les producen mayor impacto emocional seguidas de las películas, los dibujos animados y las noticias.
Cognitivamente se sabe que alrededor de los seis años los niños distinguen realidad de fantasía, aunque se cree que la habilidad comienza a desarrollarse tempranamente puesto que los preescolares pueden diferenciar entre programas animados y con personajes humanos, por ejemplo. Saben que los héroes de la tele-visión no son del mundo real.
Por todo lo anterior, queda claro que, evitar que la niñez confunda los valores dependerá exclusivamente de la guía paterna que posea el niño.
Esto es especialmente importante si se comprueba que los adultos suelen acompañar a los pequeños mientras miran televisión, pero no siempre se constituyen en un filtro del contenido.
Bárbara Gálvez, psicóloga



